¡Qué grande eres, José Antonio!

2018/02/22 at 19:02 Deja un comentario

Una vez más, durante las Jornadas de Matemáticas de Sestao, José Antonio Fernández Bravo nos ha deslumbrado con su sabiduría, pero también con su sencillez. Entre cuentos y chistes, entre experiencias personales, juegos y píldoras de neurociencia, nos ha convencido de que no es lo mismo enseñar que aprender. Y nos ha recordado que nuestro objetivo es que los niños y las niñas aprendan.

José Antonio Fernández Bravo

Nos habla de aprender matemáticas, porque es su especialidad, pero lo mismo podría hablarnos de cualquier otra disciplina, área, contenido… porque siempre es lo mismo: se trata de conseguir que los niños y las niñas aprendan, y eso no siempre es la consecuencia directa de la enseñanza. Mientras pongamos el foco en lo que “tenemos que enseñar”, en lo que “dice el libro que hemos comprado que tienen que hacer mis alumnos y alumnas”, no nos extrañemos si al legar a los 8, 10, 12 años…16 años… no saben razonar. Mientras les acostumbremos (enseñemos, adoctrinemos) a que en matemáticas sólo hay una respuesta válida, a saber, “la que el maestro o la maestra esperan”, seguiremos saliendo muy mal en la foto de la competencia matemática.

Nos ha recordado que la investigación ha demostrado que el ser humano nace con un sentido numérico que la escuela, habitualmente, lejos de desarrollar, limita, mata. De ese modo, con la mayoría de las prácticas que llenan aulas y cuadernos de matemáticas, sólo conseguimos que los niños y niñas “intenten adivinar lo que la maestra espera que digan, en lugar de razonar”, que sería el verdadero objetivo del aprendizaje de la matemática.

Nos ha recordado que para aprender (también matemática) hay que emocionarse, principalmente a base de tener experiencias positivas desde los primeros años de vida. Eso nos lleva a revisar la manera de respetar y atender a la diversidad del aula. “Da igual qué edad tengan los alumnos y alumnas. Siempre hay que proponer actividades que todos y todas puedan resolver. a partir de ahí construiremos el aprendizaje de todos/as en interacción.”

También nos ha recordado que hay que manipular, que hay que basar el aprendizaje de la matemática en la experiencia; que pueden ser necesarios los materiales (unas simples cuerdas, una botella de agua, unas monedas en el bolsillo, una caja con papeles amarillos o de otros colores…), pero no suficientes, porque el material más valioso para desarrollar el pensamiento matemático son los propios niños y niñas. Por eso cada curso escolar es único, por eso la programación de un año no sirve para otro. El buen maestro, la buena maestra, “escucha” a sus alumnos/as. Como decía Gianni Rodari (y adoptó Mari Carmen Díez Navarro), tiene una oreja verde muy grande, muy grande… para oír mejor.

Pero para que los niños y las niñas construyan conocimiento matemático a partir de la experiencia y la manipulación, “se necesita un docente que sepa matemática”. Sólo así una actividad como la que nos cuenta que hizo en un aula con adolescentes de 16 años, que tenían que “adivinar con los ojos cerrados de qué color es el papel que saca de una caja en la que todos son amarillos” se convierte en una “potente” situación de aprendizaje sobre azar y probabilidad, una situación de aprendizaje que “da sus frutos” al cabo de varias sesiones, cuando la la actividad inicial se ha completado y enriquecido con contraejemplos, variantes, nuevas variables… hasta conseguir que los alumnos y alumnas, como consecuencia del diálogo, la argumentación y el razonamiento,  generalicen y lleguen a conclusiones que se convertirán en conceptos matemáticos sólidos, en verdadero aprendizaje.

Nos ha recordado que el aprendizaje requiere ejercicio y repetición, pero sólo cuando hay previamente comprensión. Repetir ejercicios de algoritmos sin sentido no produce aprendizaje. En cambio, repetir situaciones en contextos que el niño y la niña comprenden ayuda a tener “memoria de trabajo” o memoria a corto plazo. No olvidaremos el ejemplo del “Cuento de Ramón, un niño al que le gustaba contar monedas. En un bolsillo tenía dos monedas y contaba 1 y 2. En el otro bolsillo tenía tres monedas y contaba 1, 2, y 3. Y colorín colorado este cuento se ha terminado.” Otro día vuelve a contar el cuento de Ramón, que entonces tiene 3 monedas en un bolsillo y cuenta 1, 2 y 3…. y así sucesivamente. Otro día cuenta las monedas de un bolsillo y continúa contando las del otro (verbaliza el total como si estuvieran todas juntas en un bolsillo) Otro día tiene tres monedas en un bolsillo y una en otra. Cuenta 1, 2 y 3 y colorín colorado….” Entonces todos los niños/as dicen: NOOO. No se ha acabado, tiene que terminar de contar las del otro bolsillo… Con esta rutina han interiorizado un proceso de pensamiento en el que utilizan la memoria de manera funcional.

Nos ha recordado que “correr para dar contenidos en un tiempo récord” no asegura aprendizajes. Sólo asegura que, pasados unos años, se evidencie que no ha habido aprendizaje. Si de verdad queremos que nuestros alumnos y alumnas aprendan matemática tenemos que ayudarles a construir conceptos sólidos, a partir de una experiencia positiva, en la que todos y todas tienen un vínculo positivo con la actividad matemática, asegurando que realmente quieren “resolver el problema”. Para ello haremos que se diviertan, que se muevan, que canten… pero no para hacer actividades absurdas y descontextualizadas, sino proponiendo retos accesibles sobre los que opinar, hablar, dialogar, argumentar… hasta llegar a generalizar, no por imperativo de la página de turno del libro, sino como consecuencia lógica de un proceso en el que las primeras ideas, todas las ideas de los niños y las niñas, que “escuchamos y aceptamos” como parte del proceso de aprendizaje, se irán “puliendo” al aplicar el filtro del razonamiento, es decir, cuando les devolvamos el oportuno contraejemplo, mediante el diálogo y la argumentación.

Por último, nos ha recordado que no se trata de saturar el cerebro de nuestro alumnado de terminología abstracta e incomprensible, sino de “provocar las ganas de pensar, la curiosidad por aprender y conocer” partiendo de la vivencia, la experiencia real, vivida en el aula, compartida. El proceso de “poner nombre” a los procesos y conceptos es posterior.

A modo de conclusión, nos ha sugerido que hagamos cursos para aprender a “quitar cosas” del aula de matemáticas. La primera, el libro y las fichas como aquella que dice “colorea la jirafa alta”, que no hacen más que provocar equívocos en el aprendizaje de conceptos básicos.

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